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jueves, 14 de mayo de 2015

Manejo del comportamiento inadecuado



La mayor parte de los comportamientos infantiles son aprendidos ya que cada grupo social elabora sus normas y pautas de conducta. Estos comportamientos se repiten según el efecto que producen en el medio que rodea al niño. La conducta es el resultado de la interrelación entre pequeño y su ambiente.
El aprendizaje de la conducta se realiza principalmente por:
ü  Experiencias anteriores. El niño o la niña reacciona en respuesta a estímulos que guardan semejanza con otros estímulos aprendidos con anterioridad y que le reportan beneficio o perjuicio.
ü  Por esfuerzo operante. Los comportamientos han recibido refuerzos que pueden ser positivos como un premio, o negativos como un castigo, inmediatamente después de haberse realizado.
ü  Por aprendizaje social (observación o imitación)
Hablamos de problemas de comportamiento cuando, por defecto o exceso, éste no se adapta a las pautas de conducta preestablecidas.
El niño no hereda comportamientos desadaptados, son consecuencia de procesos de aprendizaje. El ambiente familiar, el escolar o social los fortalecen. Si los comportamientos son adquiridos, pueden ser modificados, además de poder prevenir los que aún no existen. Para poder cambiar un comportamiento inadecuado, debe modificarse también el de las personas que rodean al niño, ya que le han ofrecido reforzadores, como la atención concentrada, ante dicho comportamiento.
Al hablar de problemas de comportamiento hay que distinguir entre aquellos que el niño desarrolla de forma inadecuada y frecuentemente (por lo tanto nos centraremos en que disminuyan o desaparezcan) y los comportamientos que el niño debería de realizar en función de su edad y no lo hace, o bien lo hace de forma incorrecta (en este caso debemos crearlos o perfeccionarlos)
El niño realiza el aprendizaje por medio de ensayos y errores o aciertos. Repite un comportamiento porque tras realizarlo ha obtenido una ventaja, una gratificación o un beneficio. Conviene averiguar qué reforzadores está obteniendo cada niño ante sus comportamientos desadaptados con el fin de suprimirlos.
El castigo se utiliza para que el niño experimente unas consecuencias desagradables por su conducta. Puede ser de cuatro tipos:
ü  Agresión física (azotes, bofetadas)
ü  Agresión verbal (críticas, insultos, juicios de valor)
ü  Prohibición de algo agradable (no ver la televisión, no salir al parque)
ü  Retirada de un privilegio (acostarse más pronto)
Otro tipo de castigo muy frecuente es el chantaje emocional o castigo psicológico, que se utiliza cuando, tras el comportamiento, los adultos mantienen interminables silencios, malas caras, exageradas entonaciones de voz y estimulan los sentimientos de culpa durante un tiempo interminable.
El sistema de castigos no es adecuado en ningún caso. Está demostrado que el efecto del castigo es temporal y en el momento en que se modifican las circunstancias en que se aplicó, la conducta vuelve a repetirse.
Puede ocurrir que lo que el adulto considera desagradable para el niño, en realidad no lo sea y, en vez de considerarlo un castigo, se convierta en un reforzador, aumentando el comportamiento desadaptado en intensidad y frecuencia.
El castigo suele ir acompañado de otros efectos emocionales como la ansiedad, el miedo, etc. Cuando el niño lo recibe escucha además juicios sobre su valor personal: “eres un desordenado”, “eres malo”, “eres desobediente”, etc. lo cual lesiona gravemente su autoestima, las habilidades que el niño esté desarrollando en ese momento pueden quedar perturbadas por la ansiedad que siente y las consecuencias erróneas se pueden prolongar en el tiempo e interferir la adquisición de nuevos aprendizajes. Si el niño comete un error en su actividad y se le castiga, aumentará su ansiedad y es posible que cometa nuevos errores. Cuando el pequeño experimenta miedo o ansiedad, intenta liberarse de ese estado emocional evitando enfrentarse con la situación que lo provoca.
Por esto y otras muchas argumentaciones, no se considera el castigo como un método eficaz de eliminar comportamientos desadaptados. Además la violencia física o verbal que acompaña al castigo puede convertirse en modelo a imitar por el niño, desarrollando nuevos comportamientos desadaptados como la agresividad.
Para suplir o evitar el castigo, se sugiere aplicar el método de las consecuencias lógicas. El niño debe saber que todo comportamiento tiene unas consecuencias lógicas, que no son el castigo impuesto por los adultos.
ü  Los padres deben establecer normas de conducta y enseñarlas al niño.
ü  El tono de voz amistosa es más eficaz. Si el niño percibe el enojo del adulto, está consiguiendo un posible beneficio: conseguir toda la atención como fruto de su comportamiento. Puede ocurrir que el enojo o la irritación provoque el deseo de represalias del niño.
ü  No decir por adelantado cuál será la consecuencia, esto se convertiría en una amenaza y anularía el efecto de la consecuencia porque el niño sabe con antelación lo que ocurrirá. Además el niño puede decidir enfrentar la consecuencia como “una lucha de poder” y ver si el adulto sigue hasta el final.
ü  Cuando el pequeño experimenta la consecuencia de su comportamiento no hay que decirle “Te lo advertí”, si machacamos sobre el resultado, anulamos el valor correctivo y fomentamos la “lucha de poder” del niño para ganar la batalla final. La consecuencia debe estar relacionada con el mal comportamiento. El niño tiene que ver la relación entre lo que hace y el resultado, en otro caso no sería eficaz. Por ejemplo, si Juan rompe un juguete con intención, se le retira sin ofrecerle otro a cambio. Si Daniel no se lava las manos, no puede sentarse a la mesa para comer.
ü  Además, los padres deben tener en cuenta:
ü  Evitar la competitividad y la comparación. Respetando la individualidad de cada niño consiguen que se responsabilice por sus propios actos.
ü  No lamentarse por el niño cuando le ocurre algo. En vez de ayudarle a superarlo, provocan su lamentación y no le motivan para que se sobreponga. Con empatía comprenderán sus emociones al respecto y le indicarán el modo de encauzar las emociones de forma adecuada para superar el problema.
ü  No utilizar las charlas moralizantes. El niño debe tener claro que la consecuencia de su comportamiento no es algo que el adulto le impone, sino la propia situación. Evitar las moralizaciones es evitar los juicios de valor, los rechazos y fomentar la autoestima. Empezar por modificar un solo comportamiento, tomando el tiempo que sea necesario. Primero se conseguirá una disminución en la frecuencia e intensidad del mismo. Eliminarlo lleva bastante tiempo, sobre todo cuando el comportamiento está muy interiorizado. Cuando se observen cambios positivos, puede trabajarse la disminución y eliminación de otros comportamientos.

ü  Cuando el adulto abandona los sermones, los retos, las luchas de poder y las expectativas inadecuadas, no solo mejora el comportamiento del niño, también la relación. El pequeño busca nuevas formas de ser aprobado y reconocido.

ü  No utilizar castigos físicos, verbales ni emocionales. El niño aprende que la violencia es la respuesta adecuada para resolver problemas, sobre todo cuando existe frustración, que es en realidad lo que siente el adulto que recurre a estos métodos.

ü  Hay situaciones que no se prestan para tener consecuencias eficaces o que no son apropiadas, bien porque el resultado es perjudicial o peligroso, o porque la consecuencia no puede ser inmediata y, en caso de aplicarla, se convertiría en un castigo.

Para comenzar la eliminación de comportamientos desadaptados conviene elaborar una lista de los mismos, anotando la frecuencia, la intensidad y lo que sucede antes y después de cada comportamiento. Esto ayuda reflexionar sobre los beneficios que obtiene el niño como consecuencia de dicho comportamiento y lo que puede provocarlo. Si tienen claros estos datos, estarán en el mejor de los caminos para alcanzar su objetivo.

En el primer lugar de la lista coloquen el más desadaptado de los comportamientos y, después de una semana de intentar modificarlo, vuelven a anotar la frecuencia e intensidad para controlar si aparecen resultados positivos. Cuando el comportamiento ha disminuido considerablemente, pasen a hacer lo mismo con el segundo comportamiento anotado en la lista.

Gabriela García Guzmán


Gabriela García Guzmán es Licenciada en Ciencias de la Educación, orgullosa egresada del CESES; a su vez es Licenciada en Educación Preescolar por acuerdo 357 del CENEVAL, cuenta con una Maestría en Estrategia Educativa.
Instructor y Evaluador en Normas Técnicas de Competencia Laboral tanto de procesos educativos como de cursos de actualización y capacitación docente.
Cuenta con dieciocho años de experiencia docente en los niveles de educación inicial, preescolar, primaria, licenciatura y capacitación para la profesionalización laboral de los adultos.
Ha sido director académico en diversas instituciones educativas, y actualmente colabora como catedrática en el CESES.


jueves, 16 de abril de 2015

Disciplina Positiva



          "Educad a los niños 

y no será necesario  

castigar a los hombres"


De acuerdo con mi experiencia como docente y como madre, he observado la forma en que se ha ido modificando la manera de educar en las familias. Se ha pasado de un modelo autoritario a uno permisivo, en el afán de querer compensar las carencias de atención, tiempo y comunicación. Esto ha generado la sobreprotección de los hijos y la falta de límites y ha dado como resultado que los niños tengan deficiencias en su inteligencia emocional, es decir, aquellas habilidades que se refieren a: la empatía, la asertividad,  la tolerancia a la frustración, entre otras.
Por lo anterior considero de suma importancia hacer referencia a la Disciplina positiva la cual se basa en la teoría de Alfred Adler y Rudolf  Dreikurs, quienes afirmaron en 1920, que los niños que no tienen límites y son sobreprotegidos podrían tener problemas sociales y de comportamiento. De manera posterior, en 1988 Jane Nelsen y Lynn Lott adaptaron estos conocimientos en los libros de Disciplina positiva e iniciaron talleres para enseñar a padres y maestros a desarrollar habilidades de comunicación efectiva con sus hijos y alumnos, de manera respectiva.
Se entiende por disciplina positiva el conocimiento para comprender el comportamiento de los niños, así  como las formas de abordar sus actitudes, con el fin de guiarles en su camino siempre de forma positiva y afectiva.
La disciplina positiva se basa en la comunicación efectiva, el amor, la comprensión y la empatía para disfrutar de las relaciones familiares. Es una metodología que no incluye ni el autoritarismo excesivo, ni la permisividad; sino que se basa en el respeto mutuo y la colaboración, con la intención de brindar al niño las competencias necesarias para la vida.
Uno de los conceptos que se deben de manejar en la Disciplina Positiva es el llegar a acuerdos en común, ya que los hijos tienen mayor disposición para cumplir las reglas que ellos mismos han contribuido a establecer. Cuando aprenden a colaborar y a tomar decisiones en familia, acaban convirtiéndose en personas que “saben” tomar decisiones, que asumen sus responsabilidades y que tienen unos conceptos positivos de sí mismos.
Los cuatro criterios a tener en cuenta para una disciplina positiva según la autora Jane Nelsen en su libro “Cómo educar con firmeza y cariño” son:
1- ¿Es amable y firme al mismo tiempo? (respetuosa y motivadora)
2- ¿Ayuda a los niños a sentirse importantes? (Conexión)
3- ¿Es eficaz a largo plazo?
4- ¿Enseña valiosas competencias para la vida? (Respeto, habilidad para resolver problemas, participación, colaboración, responsabilidad…)

El objetivo de la disciplina positiva es ayudar a los niños a controlarse a sí mismos; mostrarles cómo respetar a otras personas y llevarse bien con los demás. Disciplinar es enseñar no castigar.
La disciplina empieza con una relación de amor y respeto. Al escuchar, mostrar afecto, dedicar tiempo, a los hijos y a los alumnos se está creando la base de una relación positiva, ya que todo ser humano necesita sentirse querido, aceptado, respetado y valorado, por lo que al cubrir estas necesidades básicas se está dando la atención necesaria, para lograr el desarrollo de una adecuada autoestima en los hijos.
Es importante recordar que los niños se comunican por medio de su conducta. Un niño que tiene un comportamiento inadecuado podría estar diciendo
·                     Quiero atención
·                     Quiero tener el control
·                     Me siento dolido así que quiero lastimar a otros
·                     No puedo hacerlo. Me doy por vencido
Por lo anterior antes de reaccionar a una conducta inadecuada es importante pensar en cuáles podrían ser los motivos que existen detrás de la conducta emitida.
Por otra parte, es importante establecer límites y consecuencias claros para que se adquieran las normas que se deben de aprender a respetar. El marcar límites ayuda a crear hábitos, ya que la existencia de normas aporta seguridad a los niños y adolescentes.
Establecer límites es importante, ya que la convivencia es más armónica, además los niños y adolescentes son los primeros interesados y beneficiados de que se les marquen normas que les van a permitir adaptarse mejor a las normas y límites en su vida social y adulta. Además, establecer límites firmes no significa emplear castigos sino, actuar con serenidad pero con firmeza y de forma consistente.
R:J: MacKenzie en su obra  Poner límites. Cómo educar a niños responsables e independientes con límites claros, menciona los siguientes consejos para establecer límites:
·         El mensaje o la norma deben centrarse en la conducta.- Si  se desea que un niño haga algo, se debe ser claro y enfocarse en la actitud y no en su valía.
·         Ser lo más concreto posible.
·         Hablar con calma, no hace falta gritar. Se transmite más firmeza con un tono de voz normal, que con un grito, lo que significa que se empieza a perder el control
·         Es necesario fijar la consecuencia que traerá consigo el incumplimiento de la norma o límite. En caso necesario conviene recordar la consecuencia
·         Y lo más importante: actuar en consecuencia.  La consistencia es el punto más importante al establecer los límites. Cuando se sabe que en realidad se va a tener una consecuencia, la norma se tendrá en cuenta y se respetará.

Beatriz Eugenia Ochoa Armendáriz

Beatriz Ochoa es Profesora de Educación Primaria, egresada del Instituto Miguel Ángel; y es Licenciada en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional. Está altamente capacitada en temas como Círculo Mágico; Diseño de cursos; Manejo de conducta; y Formación por competencias. Cuenta con más de 20 años de experiencia como docente. Actualmente es la Coordinadora de la Secundaria en el Centro de Educación Innovativa Elizabeth Seton; y colabora como catedrática en el CESES.